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Desatino
La brutal agresión, y el peor desenlace posible, sufrida por un taxista mientras realizaba su trabajo a bordo del vehículo, hizo detonar una situación que se notaba previsible en el seno de la comunidad fueguina. Es que la incertidumbre sustentada en la falta de horizontes, se manifiesta de alguna manera y en algún momento. Eso sucedió -sucede- por estas horas en Tierra del Fuego. Al repugnante homicidio, ahora lamentablemente puede calificarse así, no podía sucederle otra cosa que la solidaridad de todos y cada uno de los fueguinos. Cierto es que puede haber sectores con total falta de escrúpulos que pretendan llevar agua para sus molinos. Difícil será comprobarlo, pero cabe aquí recordar ese dicho popular, aparentemente contradictorio, que asegura que no existen las brujas, pero que en definitiva las hay. Sería obrar con total irresponsabilidad mencionar a quienes podría resultar beneficiados con este tristísimo hecho, pero seguramente en algunas mentes afiebradas pasó la idea de aprovecharse de la situación. Pero ello no puede empañar la actitud, digna actitud, de todo el pueblo. Con solidaridad es lo que se imagina cómo una sociedad debería proceder ante circunstancia como la ocurrida. Solidaridad para con la familia de Antonio Toledo en primer lugar, claro. Solidaridad para con sus compañeros de actividad. Pero solidaridad para con nosotros mismo. Porque Antonio somos nosotros mismos. Podemos serlo. Lo que le sucedió a este vecino que trabajaba en su taxi, es un llamado de atención –otro más y van . . . – para toda la sociedad fueguina. No habrá cámaras, ni más policías en las calles, ni más iluminación pública que puedan resolver los dramas que aparecen en el horizonte cada vez más cercano. No hay que buscar culpables en supuestos contingentes venidos de “lugares de alta peligrosidad” del norte del país. Hay que bucear en la diaria construcción de la sociedad que realiza cada fueguino. La exaltación por sobre todo de la búsqueda de la satisfacción material, deja huellas imborrables en jóvenes sin futuro cierto, o mejor dicho, de futuro previsible de marginación social, cultural, cuando no económica. De ahí la importancia de quienes tienen la responsabilidad de conducir, aunque circunstancialmente, los destinos de la comunidad: las autoridades elegidas democráticamente. Ellos tienen la obligación de, al menos intentar, crear las condiciones de suficiente tranquilidad para resolver los conflictos que, a diario, suceden. Echar nafta al fuego pasa a ser la antítesis de lo recomendado en circunstancias como las que se viven a partir de la noche del martes cuatro de mayo. Sin embargo esa fue la actitud asumida por el ministro de gobierno cuando no arbitró los medios para que, al menos, el ejecutivo provincial diera claras muestras de solidaridad para con los compañeros de trabajo de Antonio Toledo. Cometió el desatino de creer que todo lo sucedido formaba parte de un complot e iban por su cabeza. En ese momento sólo se pedía solidaridad y contención. Ahora sí, se le exige la renuncia. Pero no porque fuerzas oscuras de la desestabilización sistemática hayan operado, sino por propia impericia del ministro.
|| Fuente: (csg)
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