No murieron por el boleto estudiantil. Luchaban por una sociedad justa

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Hace 44 años, el 16 de septiembre de 1976, un grupo de jóvenes estudiantes secundarios fueron secuestrados por un operativo conjunto de efectivos policiales y del Batallón 601 del ejército, comandados por el genocida Ramón Camps, en La Plata.

En efecto,  grupos de tareas conducidos por el general Ramón Camps secuestraron a seis estudiantes secundarios: Claudia Falcone (16 años), Francisco López Muntaner (16 años), María Clara Ciocchini (18 años), Horacio Ungaro (17 años), Daniel Racero (18 años) y Claudio de Acha (18 años). Todos continúan desaparecidos. Pero no fueron ni los primeros ni los últimos: Gustavo Calotti fue llevado el 8 de septiembre, y el 17 de septiembre fueron secuestradas Emilce Moler y Patricia Miranda. Lo mismo le sucedió a Pablo Díaz el 21 de septiembre. Empero, los secuestros de estudiantes se perpetraron en varias provincias argentinas. 350, según datos registrados.

Las  versiones oficiales (oficiosas  o tendenciosas sería más ajustado a la realidad) cuentan, una verdad a medias. Lo que es decir, casi una mentira. Tergiversan los hechos y las causas. Desproveen a los protagonistas de sus valores, de sus luchas, de su compromiso. En definitiva, de lo que verdaderamente eran: militantes políticos dispuestos a todo por la construcción de una sociedad mejor, más justa, más solidaria.

Esas versiones, esas mentiras, hablan que fueron secuestrados porque pedían por el boleto estudiantil. Pero esa lucha de los estudiantes secundarios platenses había sido en el 1975, un año antes de sus secuestros.

La lucha de esos jóvenes era la misma de inmensos contingentes juveniles que habían vigorizado el sentido de Patria, de esa patria vieja, oligárquica, de frac y galera gastada, cuestionando su decrepitud, su sumisión de casi doscientos años a diferentes amos. A diferentes señores de la guerra y la explotación. Esos jóvenes, buscaban que esa patria dejara de ser colonia. Con boleto estudiantil gratuito o sin él.

Degradar la lucha de esos jóvenes militantes, es degradar los años, las décadas, de disputa por una argentina nueva.

Degradar la lucha de esos jóvenes es funcional a quienes pretenden desnaturalizar las causas por las que una generación lo entregó todo. Es abonar la teoría alfonsinista de “los dos demonios” que “asolaron la república”. No hubo eso. Hubo quienes pretendían terminar con los privilegios y la opulencia obscena de pocos. Y había quienes pretendían seguir esquilmando a la Nación Argentina y a su Pueblo.

Los jóvenes de la llamada “Noches de los Lápices”, los que sobrevivieron, los que siguen desaparecidos, los que fueron torturados de mil maneras, siguen acá, peleando, escribiendo con los mismos lápices, leyendo los mismos libros. Porque esos jóvenes están en cada joven que estudia, trabaja, que apenas subsiste, que sueña  en esta argentina de hoy.