10 años. Un camino y la generación del censo

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En el sur se conocía, se sabía, al menos algo de un tipo desgarbado y miope. Intendente, primero, de su pueblo natal y gobernador de la provincia después.  Otros lo conocían desde  mucho antes. Con su pelo largo y su rostro anguloso, tal vez moldeado por los fríos vientos patagónicos, lo escuchaban defender con vehemencia sus posturas, en la antesala de la noche atroz sufrida por los argentinos y argentinas a lo largo y ancho de la Patria.

Entrado el nuevo milenio, después de relaciones carnales con los que se creen dueños de todo el mundo. Después de privatizaciones de empresas del estado y privaciones de millones de compatriotas. Después del helicóptero y del pedido de que “no quede ninguno”. Después de Kosteki y Santillán. Del que “. . .depositó dólares recibirá dólares”, surgió él. Desde las cenizas de una argentina incendiada. Desde el escalón más bajo del infierno terrenal. Desde el desánimo y la frustración emergió como esperanza. Ahora se supo que el desgarbado y miope, usaba saco cruzado desabrochado, mocasín y, para más, birome Bic. Si a alguno le despertaba sospechas, éstas se disiparon en 2004, frente la casa del terror en la avenida del Libertador, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cuando pidió perdón en nombre del estado argentino por “haber callado” durante los años de democracia. O en 2006, cuando con el coraje de siempre, frente a una multitudinaria formación militar dijo no tenerles miedo y que aspiraba, como presidente, a contar con un ejército inspirado en los valores sanmartinianos.

Emergió como esperanza, se dijo. Y, como siempre, fueron los más humildes quienes primero lo percibieron. Esas y esos, hombres y mujeres pobres, mal comidos, con escasos dientes y poca vista que denuncian la falta de atención de parte de un estado ausente por décadas. Sin trabajo y sin techo. Sin pan en la mesa. Para sus proles y para si mismos. Ese subsuelo de patria. Ese sustrato de nacionalidad, fue quien abrazó desde el vamos a ese de apellido difícil y andar desenfadado.

Gracias a ese flaco, podían irse a dormir más tranquilos, en la seguridad que mañana iba a ser un día mucho mejor y que, el siguiente, mucho mejor aún. Al contrario de mister Bush, que luego de conocerlo no pudo conciliar su sueño.

Hace diez años, miles de jóvenes golpeaban puertas, tocaban timbres. Como abejas que salen en busca del néctar de las flores, salieron a buscar datos claves para el diseño de acciones concretas,  que sirvieran para solucionar los problemas de cada argentino y argentina. Y fueron casa a casa, barrio a barrio, en cada pueblo y ciudad de cada provincia. Y ahí fue. En ese momento fue.

Esos miles y miles de pibes y pibas que hacía poco, gracias a ese flaco patagónico, se habían incorporado con alegría a la militancia organizada, sentían un mazazo que los aturdía e impávidos se aglutinaban en cada plaza, en cada esquina. Y como las abejas,  como pudieron, fueron a la colmena. La misma colmena en la que el 17 de octubre del 45 sirvió para refrescarse las patas. Esta vez, era para llorar. Pero también para sacar fuerzas, porque él ya no estaba físicamente, pero estaba su camino trazado y había (hay) que transitarlo. Y estaba (está)  ella que, como dice la canción de un caribeño, no es lo mismo, pero es igual.